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El mundo no es tan complicado

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Las pantallas ya ofrecían su imagen antes de salir al escenario, caminando sonriente como un turista inglés en Magaluf, persiguiendo una cerveza, pelirrojo, camiseta verde-azul turquesa, tejanos y tatuajes, feliz. Pero no iba a un pub, sino a un enorme escenario en el que iba a estar menos acompañado que Gary Cooper en Solo ante el peligro. Ed Sheeran tenía ante sí a más de 55.000 personas que se lo comían con los ojos y que justo antes estaban más calladas que un muerto, expectantes. Pero fue verlo y una lluvia de agudos como una cascada de agujas regó el Estadio Olímpico de Barcelona. Sonó Castle On The Hill, primera pieza fija del repertorio de su tercera gira mundial, iniciada en 2017, y comenzó el asombro, porque no deja de ser asombroso que un solo cantante y una guitarra ofrezcan un espectáculo tan sencillo allí donde todos los demás precisan de efectos, coreografías y triquiñuelas mil de la tecnología. Pero Sheeran es diferente de todos, un tío común aunque nada frecuente. Es algo realmente insólito.

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