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En las playas de la vida

Hay escritores que logran escribir una gran obra que inmortaliza su nombre aunque a veces borra su vida, otros se convierten en representantes inequívocos de una tendencia o una circunstancia histórica para aparecer y desaparecer con ella, algunos aciertan con el tono popular que pide la época y logran una ovación general que resultará inexplicable para generaciones posteriores… Pero también hay autores que insisten a lo largo de los años en una voz propia que unos aprecian y otros detestan aunque ninguno confunde, con temas recurrentes que les resultan necesarios y que terminan siéndolo también para sus lectores más fieles, que crecen, maduran y envejecen con sus libros. Creo que Luis Antonio de Villena pertenece a este género singular aunque haya sido adscrito a lo largo del tiempo a tal o cual tendencia poética. Porque Villena es ante todo un poeta, copioso y colorista, sensual, cultivado, cosmopolita y a veces deliberadamente provocativo. Pero siempre personal, sin cura ni remedio. Y además de poeta es ocasional novelista, ensayista agudo y erudito, traductor de clásicos griegos y latinos que conoce muy bien, articulista de prensa, comentarista radiofónico, profesor de humanidades… Aunque su figura nada borrosa sea controvertida, nadie se atreverá a negar que forma parte evidente del paisaje cultural de este país desde hace más de 40 años.

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